Me llamo Félix y me dicen el “Poli”.

En una semana salgo de este lugar al que llegué hace 35 años, acusado de extorsión y secuestro. La verdad es que como era policía federal, me enviaron a ejecutar una orden de aprehensión contra un taxista acusado de robo. Cuando localizamos a la persona que teníamos que detener, a mi compañero y a mí se nos hizo fácil pedirle una lana, para dejarlo ir. Él aceptó, pero nos dijo que no llevaba dinero y que lo dejáramos pedírselo a unos familiares que seguramente lo ayudarían. Aceptamos darle tres horas para que pidiera el dinero y nos lo entregara, pero no podíamos dejarlo ir, porque seguramente se iba a pelar, entonces le prestamos un teléfono para que les llamara y, mientras llegaba el dinero, nos acompañó en nuestro recorrido.

Llegamos unos minutos antes de la hora pactada para evitar sorpresas, pero al dar la vuelta a la esquina, vimos un grupo de policías acompañado de los hijos del taxista que venía en la patrulla con nosotros. Quisimos pasar desapercibidos, pero en el momento en el que transitábamos enfrente de todos, uno de los hijos vio a su padre, le avisó a los policías y nos cerraron el paso.

Al bajarnos de la patrulla, el taxista dijo que lo habíamos secuestrado y pedido veinte mil pesos como rescate. Nosotros quisimos argumentar diciendo que eso no era verdad, pero no supimos justificar el motivo por el que lo teníamos resguardado, por lo que nos llevaron detenidos y nos presentaron ante un agente del Ministerio Público, quien en unos minutos encontró elementos para acusarnos de los delitos de extorsión y secuestro.

Así transcurrió nuestro proceso hasta llegar al momento de la sentencia que el juez dictó por 35 años de prisión, a pesar de que en nuestra defensa le explicamos que no lo habíamos secuestrado.

Recuerdo que unos días después del dictado de nuestra sentencia, mi compañero no soportó la idea de un encierro tan largo y se quitó la vida, dejando a su familia en el dolor y la pobreza. Pasó el tiempo y yo continué con esperanza y determinación hasta este momento. En todo este tiempo vinieron mis familiares y amigos a visitarme, cada vez venían menos, unos porque se cansaban, otros porque tuvieron que mudarse de estado por el constante acoso y discriminación que sufrían por mi culpa y otros porque fueron muriéndose.

Durante mi encierro perdí a mi madre que, hasta el último día de su vida, estuvo al pendiente de mí, el amor de madre es incondicional y nunca se acaba, ni con la muerte; también murió mi papá unos años después, supongo que por el dolor de perderla a ella. Perdimos todo nuestro patrimonio, porque la cárcel cuesta caro; se paga el dormitorio, la lista, la comida, a veces protección, el abogado, el agua, la visita, la ropa, el teléfono, se paga para que no te trasladen, para que no te inventen otro delito, para que no molesten a tu familia, se paga por todo.

En una semana salgo. En siete días estoy libre.

La ley dice que el Estado debe apoyarnos para lograr más rápido nuestra reinserción social, a través de los servicios pospenales, pero eso no pasa. Me pregunto para qué sirve el gobierno. Mientras a mi me condenaron por una conducta que no fue la que realicé y que representó una diferencia de 20 años en prisión aproximadamente, el taxista siguió libre, perdí a mi familia y nuestro patrimonio y no me ayuda a hacer menos drástico el impacto del retorno a la libertad.

Siento angustia y miedo porque a mis 63 años empezaré de nuevo mi vida y no sé cómo, no sé en dónde, no sé con quién. Me gustaría tener una familia, encontrar un trabajo de lo que sea y cuando conozca a alguien, le diré que llegué de un mundo raro, que no sé de dolor, que no sé de extorsión, que no sé de corrupción y que nunca he llorado.

*Relato de ficción basado en testimonios reales de personas privadas de libertad.

Luis Durán, especialista en sistemas penitenciarios y colaborador externo de ASILEGAL

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