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“Me niego a tener miedo”: Una crónica sobre luchar por los derechos humanos

DULCE LAGUNA

Feminista. Diseñadora gráfica con especialidad en comunicación política e institucional. Actualmente se encarga del diseño e imagen institucional de AsiLEGAL.  

dulce@asilegal.org.mx

¿Cómo llegué aquí? Me pregunté. Justo eso me pregunté al salir de su oficina. La pregunta además de avergonzarme me hizo replantearme, al menos en mi cabeza, la razón de trabajar en la defensa de los derechos humanos. 

Para empezar, la prisión mexicana. Mi prisión, que, si bien soy mexicana y aquí el machismo también mata y si no mata, te aprisiona. Tengo 27 años y sigo viva, sigo libre, al menos en mi cabeza. Hoy por hoy, me doy cuenta que mucho de lo que me ha conflictuado habitaba en mi cabeza. En general, podría decir que el 80 % de las razones por las que voy a terapia son por la violencia generalizada que pasamos todas las mujeres todos los días.

Lo noté cuando mi madre me dijo en una cena reciente sobre una escena de pareja en la que mencionaban aquella frase que en algún momento en mi niñez no podía dejar de escuchar en las conversaciones: “la figura paterna” dijo, mientras comía un trozo de pan. Apenas rechino la palabra en mi cabeza y me sumerjo en un conflicto emocional. Quería pedirle que no volviera a decir algo así, pero también entendí de dónde provenían mis pensamientos, aquellos pensamientos que me habían atormentado por décadas. 

La primera vez. Mi madre y yo estábamos paradas en los andenes esperando el metro, y poco antes de que se viera la luz del tren a través del túnel, sentí como me tomo fuerte de la mano y me preguntó, “¿quieres que vayamos con tu papá?”

Por supuesto, no entendía nada y no supe qué decir. Mi padre había muerto 3 años antes y nosotras nunca habíamos hablado al respecto. Cuando llegó el tren a la estación me tomó de la mano y dijo, “no me hagas caso”, abrazándome. Me tuvo en sus piernas el resto del trayecto. 

Lo curioso de esto es que fue la primera vez que supe que esa figura paterna o en el caso de mi madre, la figura del “hombre de la casa” era algo sumamente indispensable, si no es que necesario. Después descubrí que no solo era para mi madre, si no para la sociedad entera. Cuando no cumples la norma, (en mi caso solo éramos una familia incompleta), la sociedad te lo dice, te lo reclama y, si no, te aísla. Nunca había pensado que fuese un defecto o si quiera pensé que la gente lo supiera, hasta que ninguna de mis vecinas quería jugar conmigo porque además de que no tenía muñecas, tampoco tenía papá y entonces no solo sientes tristeza, sino además impotencia porque además de que no entiendes por qué te pasa lo que te pasa, menos sabes cómo reaccionar ante el mundo.

Cuando no tienes papá sea por la razón que sea parece que lo tienes tatuado en la frente. Suena a cliché, pero tal parece que todas las mujeres somos ese cliché.

De un momento a otro, sin saberlo, me convertí en estadística. Mi mamá me llevaba en transporte público todos los días, grandes distancias y entre tantos años recuerdo haber vivido desde asaltos a mano armada y en otros casos, hombres masturbándose detrás de mí.

Apenas iba en la primaria. Tenía miedo. Tenía miedo casi todo el tiempo. 

Era común que estuviera con mi mamá siempre. En aquellos trayectos entre casa y escuela, un día vi pasar a un hombre en una moto. Me hizo pensar que era rudo. Como de esos hombres que uno piensa que saben pelear y que por lo tanto te pueden proteger. Ese día le pedí a mi mamá un papá. Quería tener un papá. Si bien no lo recordaba, pero quería saber lo que se sentía tener uno. Quería decirle a alguien papá. Para entonces mi mamá ya había tratado de tener relaciones serias, pero aún no había superado la muerte de mi padre. 

No sé cuándo empecé a darme cuenta que pedirle eso a mi mamá, solo reforzaba la presión que ella sentía por mantenernos bien. Como si no fuese poco terminar su carrera, hacerse cargo de 3 niñas sola y en una sociedad que recrimina la soltería o, en este caso, la viudez. Después de un tiempo, creo que esto logró que se fijará en un hombre divorciado que ya llevaba tiempo acosandola, aprovechando que tenía a sus hijos en mi primaria. No pasó mucho tiempo para que comenzara a demostrar su lado B del casete: celos. Sufría estrés diario ya que prefería irme con él a su taller, porque de ahí iba a recoger a mi mamá. Así, creía, me aseguraba de que ella estuviera bien. Hasta que simplemente no lo pude detener. 

Un día excepcional en el que no fuimos por ella, mi madre llegó más tarde de lo normal. Para entonces él ya estaba muy molesto, estábamos en casa esperándola y en cuanto llegó, se fueron a hablar al otro cuarto a lado de la sala. Ahí estaba yo y claramente pude escuchar cuando la azotó en la pared y ya en el piso la pateó varias veces hasta que entendí lo que pasaba y salí inmediatamente. No puedo olvidar ese día. Entré a donde estaban y comencé a gritarle que se fuera. Sé que mis puños no le causaban dolor, ni siquiera eran golpes para él. Desde ese día dormía con tijeras y cuchillos bajo mi almohada. Lo peor es que no pasó más de un mes para que ella volviera con él. Y esta forma de vida duró 5 años. 5 años de acompañar a mi madre a buscarlo, cada que pasaba una pelea. De no poder dormir y de no poder jugar porque prefería quedarme donde ella estuviera. Después fue más difícil decidir las prioridades pues mi hermana se fue de la casa, embarazada de una persona drogodependiente. Todo se me vino abajo. 

No sé cómo, ni sé cuándo, pudimos salir de esa relación para pasar casi inmediatamente a otra sumamente peor. Peor para mí, porque mi mamá se veía tan feliz. Tan feliz que no le pude decir que ese hombre en el que tanto confió, que parecía tan bueno…. Ese hombre abusó sexualmente de mí mientras ella estudiaba. Ese hombre había sido su amigo desde que mi papá murió. No le pude decir nada hasta que se lo dije en una carta, 6 meses después. Estaba cansada de verla triste, no quería quitarle eso esta vez. Pero nos quedamos de nuevo solos y él lo intentó otra vez. Esta vez en mi casa y aunque solo pudo tocarme, era demasiado pasarlo otra vez. Tenía miedo de todo. Y al parecer el miedo se refleja. A partir de este punto, en el que te das cuenta de que no importa como seas ni en donde, los hombres a tu alrededor van a leer tu cuerpo como un objeto sexual que pueden tomar y destruir a su antojo y, además, que no se les va a castigar ni recriminar por eso. 

Nunca supe qué pasó con el. Después de años de lucha todos los hombres que estaban en nuestras vidas desaparecieron. Todo parecía ir mejor. Ya nadie violentaba a mi familia ni me violentaba a mi como efecto secundario. No a esa escala. Pero nada había cambiado. No había tranquilidad para mi aún. 

Cuando miro la historia completa comprendo que, incluso hasta en estas circunstancias, me seguía lamentando y pensando que si tuviera papá, no hubiera pasado por nada tan malo. Mi vida hubiera sido perfecta. Eso creía, pero la realidad es otra. Hoy sé que mucho de esto también hubiera podido pasar, de forma distintas, en otras circunstancias, porque la violencia es generalizada, es estructural y es sistemática y nos pasa a todas. Hoy también sé que la figura del padre es una ilusión creada, que, si bien lo extrañé, lo lloré, pero a pesar de todo eso mi madre pudo darme educación y salud y siempre estaré agradecida con eso porque eso me mantuvo viva. El arte me ha mantenido viva. Gracias a eso he podido crecer, conocerme, conocer mis derechos y ayudar a otras a que los conozcan, a hacerlos exigibles y si de paso puedo cambiar vidas entonces puedo ser la persona más feliz. 

Me niego a seguir la creencias que dicta que si no hay un hombre al lado mío no soy nada y que incluso si éste me maltrata, debo soportar.

Hoy, sé que no tengo que ceder. No ceder ante nada. Esta es mi lucha diaria, la batalla en mi cabeza que enfrento todos los días. Y en esta batalla me rehúso a escuchar a alguien decirme que sólo son los miedos dentro de mi cabeza. Me niego a aceptar que si estoy triste o ansiosa es por el duelo de lo que he pasado y no por las “carencias” personales que la misma sociedad contínuamente proyecta sobre mí. Me niego a pensar que el problema está en mí y que “debo” portarme y actuar de cierta forma pues eso se “espera” de mí. Me niego a ser amable y cortés, incluso con la gente que me abusa y me vulnera, cada vez que tiene la oportunidad. Me niego a seguir la creencias que dicta que si no hay un hombre al lado mío no soy nada y que incluso si éste me maltrata, debo soportar. Me niego a seguir saliendo cada día con miedo, pensando que podrían meterme en cualquier casa, a cualquier auto y que podría jamás volver. Me niego a pensar que mi vida puede acabar en cualquier momento porque estoy en la edad y condición perfecta de ser sustraída para cualquier explotación o simplemente “por placer” y que encima de eso la justicia no existirá para nosotras. Me niego a morir prisionera de mi propia vida, de mis propios pensamientos e ilusiones. Me niego a pensar que no hay otra forma de vida y que, si termino en un feminicidio más, la justicia también se va a burlar de mí. Me niego a dejar que me vulneres, que me violes, que me mates. Porque mi cuerpo y mi vida no te pertenecen. Y si el día de mañana no llego, no quiero que prendan veladoras, prendan barricadas.